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En defensa de Sandino Bucio

Este escrito plantea hacer la defensa de uno de nosotros haciendo la defensa de todos nosotros. No se trata de reivindicar o de salvar a un individuo, se trata de hacer evidente lo invisible y de recuperar el valor de denunciar la deshonestidad intelectual de quienes, desde muchas partes, tratan de restarle fuerzas a las protestas que han sucedido en México desde 2012.

Capítulo I - Los violentos y los pacíficos
Hay un sector relativamente grande de la opinión pública (porque es eso, una mera opinión) que ha hecho suyo el discurso en donde se divide a los manifestantes en dos clases: los violentos y los pacíficos. Este discurso no es nuevo: desde que hubo un plantón pacífico en Avenida Reforma en 2006, convocado por un político de cuyo nombre no quiero acordarme, se ha hecho uso del adjetivo "violento" para denominar una gran variedad de expresiones, que van desde lo subjetivo hasta lo concreto:
  • El discurso crítico y de oposición es violento.
  • Criticar directamente al Estado corrupto y llamar a su desmantelamiento es violento.
  • Manifestarse bloqueando (temporalmente) calles es violento.
  • 'Tomar' una caseta o una carretera es violento.
  • Salir a manifestarse con el rostro cubierto es violento.
  • La más nueva: ser partícipe, voluntario o involuntario, de un enfrentamiento con la policía, es violento.
Como vemos, la palabra tiene tantos usos como se le quiera dar. Trataré de desmenuzar varios a continuación:

Este discurso viene principalmente de algunos comunicadores, opinadores y medios de comunicación, después, la gente lo ha retomado y lo ha usado para denominar cualquier acto de presunto vandalismo durante manifestaciones. Raramente se ha utilizado la palabra para caracterizar actos de la policía o actos de gobierno que han causado mucho más pánico y daños en la integridad física de las personas que cualquiera de los actos que han acontecido en las marchas.

Es comprensible que algunas personas lo utilicen: después de todo, las protestas que causó Ayotzinapa han sido un faro de esperanza para mucha gente de las más diversas opiniones y tendencias, puedan unificar su reclamo de justicia y de un país en donde se deje de asesinar, robar y corromper impunemente. Cualquier cosa que parezca poner en peligro la validez de esta manifestación es condenado, casi como si de la pureza de las manifestaciones dependiera su éxito. Tristemente, sabemos muy bien que el gobierno-régimen no va a conceder una sola libertad más o cederá en su programa de gobierno a base de manifestaciones puramente pacíficas que no tengan un objetivo político claro - es decir, pidiéndole al gobierno por favor que haga cambios, sin ejercer una presión fuerte y sin interrupción, se conseguirá poco más que algunos discursos diseñados para apaciguarnos.

Sin embargo en esa demanda de pureza hay un gran error de enfoque: quienes, desde adentro de las manifestaciones, critican cualquier acto que se desvíe de la protesta "pacífica" omiten el hecho de que los normalistas de Ayotzinapa, en su quehacer político, utilizan métodos similares (si bien no iguales) a los que se critican con el adjetivo violento. Los normalistas han tomado casetas, realizado bloqueos y tomado autobuses en el curso de su larga y digna historia de lucha. Nadie aceptaría que dijéramos "eran violentos y por ello está justificado que los hayan desaparecido". De la misma forma, al utilizar estos adjetivos para designar a manifestantes que se enfrentan con la policía, en su particular forma de entender la movilización popular, también es ayudar a que la opinión pública abra paso a que arrestos arbitrarios, toletazos, balas de goma y golpes indiscriminados se vean como algo 'justificado' ante la presunta agresión de los violentos.


Capítulo II - "Yo jamás haría lo mismo" o de cómo los cajeros automáticos tienen sentimientos
Ya hemos visto los distintos usos de la palabra violencia. Ahora vale la pena preguntarnos si realmente podemos distinguir entre un acto violento o no. Y para eso, preguntaré: ¿Hay distintos tipos de violencia?

Una característica inconfundible de cuando se usan las palabras violento, vandálico y anarquista es que casi siempre se usan para denominar ataques frontales a la propiedad individual o a un objeto físico. La mayoría de los señalamientos van en el sentido de negocios con ventanas rotas, cajeros automáticos graffiteados o alguna sucursal de una franquicia dañada.

Se entiende que una agresión como esta sea caracterizada como 'violenta' si evadimos el actual contexto de México pero si darle un cristalazo a un cajero automático es violento, entonces...
  • ¿Qué es un asalto a mano armada?
  • ¿Qué es un asesinato?
  • ¿Qué es una desaparición forzada?
Aquí se ve claramente el absurdo: tenemos nuestro juicio al revés. Sí, hay reacciones agresivas ante una realidad injusta que deja sin mucho futuro a los jóvenes. Sí, puede que estos actos agresivos y relativamente aislados no impulsen un cambio social de fondo e incluso podríamos conceder que sí, es imposible distinguir si estos actos son políticos o simplemente una válvula de escape social o inflitración gubernamental, dependiendo de cuál su teoría favorita.

Habría que construirnos una escala de la barbarie donde el acto violento por excelencia es dañar un objeto reemplazable. Estos actos agresivos son sacados de contexto sistemáticamente. Cuando, desde las redes sociales y las columnas de opinión, se emiten condenas a ellos, se ignoran todos los factores circundantes.

Es decir, se juzga desde el "yo jamás haría lo mismo". Se utiliza la ficción legal que dice que arrojar un cóctel molotov es un crimen cuando a la vez, estas opiniones ignoran por completo que el guardián del orden legal vigente, el gobierno, rutinariamente viola la ley incluso cuando dice que lo hace para cumplirla. El gobierno tiene una responsabilidad especial de no escalar los conflictos sociales y de ejercer cautela ante movilizaciones en donde no puede tratar a todos los manifestantes igual, golpeando y deteniendo gente sin distinción alguna.

Si nos volcamos hacia la opinión pública de ciudadanos comunes, se hace evidente una incapacidad enorme de voltear a ver otras formas de descontento, ajenas a nuestro marco socio-económico de referencia. Esta incapacidad es uno de los elementos que más contribuyen a causar división entre quienes ya están hasta la madre del sistema, desde el dueño de un pequeño negocio hasta un agricultor o un hijo de obrero urbano. Aquellos llamamientos de las personas a unirse en una marcha pacífico-ecuménica, en donde caben todos menos ellos, que expresan su descontento de manera agresiva es la manera perfecta de volvernos instrumentos de la policía: señalamos, acusamos y evidenciamos a personas cuyos motivos no entendemos ni compartimos, decidiendo por ellos qué es válido y qué no. La pregunta abierta de si vale la pena ejercer acción frontal violenta trataré de responderla a continuación.

Capítulo III - Me pateas, te pateo
¿Usted qué haría si de repente, su seguridad se ve amenazada? ¿Si secuestran a un miembro de su familia y el culpable es atrapado? ¿Pediría la pena de muerte? ¿Se defendería frontalmente si es víctima de una agresión en donde no cabe razonar o dialogar?

Muchas personas no se confrontan con estos escenarios, hipotéticos o reales, al hacer la condena de los actos agresivos que hemos atestiguado en las manifestaciones.

Un clima histórico de roce, de hostigamiento y de instigar temor hacen que la confrontación no solo sea probable, sino algunas veces inevitable. Las fuerzas de seguridad, en su imaginario particular, llevan meses y meses de ser enviadas a toda clase de manifestaciones a controlar y dispersar a como de lugar a quienes se manifiestan, bajo la lente de las cámaras y las plumas de los periódicos. Hacia adentro, el cansancio, la tensión y la presión externa han preparado el terreno para que la poca racionalidad o paciencia de estas instituciones se agote: los policías se sienten asediados y responderán violentamente al primer acto que les de pretexto para cargarse a los manifestantes.

Los manifestantes que llevan tiempo enfrentándose con la cara visible del gobierno (el tolete y el escudo) han explorado un amplio espectro de acción política: marchas silenciosas, vestirse de negro, actividades artísticas, acampadas, intervención de calles, tomas simbólicas de edificios, cacerolazos, etc. No se puede decir que no se han agotado cuantiosas vías de incidir en la realidad que no lleven al enfrentamiento directo.

¿De quién es la responsabilidad de atender un conflicto social que le demanda al gobierno mejorar inmediatamente condiciones sociales, económicas y políticas? Del gobierno. Para eso fueron electos y si pierden la paciencia o se cansan en el camino, que renuncien a su juramento y se vayan. El trasladarle la culpa de los enfrentamientos a los manifestantes no es algo único de México, pero al ser nuestro contexto más inmediato siento con especial fuerza los reclamos de la gente a no responder con nada ante la violencia gubernamental. Eso es lamentable.

No podemos abstraernos del hecho de que no hay procesos históricos puros y libres de fricciones. Ni siquiera el levantamiento de Gandhi, ídolo del pacifismo mundial, estuvo libre de confrontaciones. Él mismo llegó a declarar que la "anarquía ordenada" ó el gobierno actual que él padecía, era peor que la "anarquía real". Es decir, la violencia ejercida desde estructuras organizadas, estatales, es mucho peor que la contra-violencia ó resistencia que puedan oponer grupos de personas que se oponen a un régimen.

No podemos esperar que la coherencia moral interna de un movimiento de protesta le de el éxito absoluto. Debemos de estar conscientes de que si nos enfocamos a los actos mal llamados "violentos" que acontecen en las manifestaciones y ayudamos a condenarlos con la misma energía que lo hace el régimen que criticamos, estamos jugando un papel en conservar todo justo como está o incluso volverlo peor. Si superamos la dificultad que nos causa el voltear a ver la diferencia en expresar el descontento, si hacemos un análisis de qué queremos lograr políticamente con estas protestas y si aprendemos que los cajeros automáticos no tienen sentimientos y son fácilmente reemplazables, habremos dado un paso adelante hacia la construcción colectiva de una realidad más democrática, en donde una botella de vidrio que se azota contra el pavimento no será una tragedia comparable a la de quien pierde la vida a manos de un gobierno nefasto, inepto y corrupto.

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