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Ayotzinapa

Nuestros políticos hacen lo mismo [...] Hay que tomar a los hombres, dicen, como son y no como los pedantes sin mundo o los soñadores bien intencionados se imaginan que debieran de ser. Este como son quiere decir: tal como nosotros los hemos hecho mediante una imposición injusta, mediante traidoras insinuaciones  deslizadas al oído del gobierno, esto es, esquivos y propensos a la revuelta; y así las cosas si se aflojan un poco las riendas , se siguen tristes consecuencias, se corroboran las profecías  de estos presuntos estadistas sagaces.

~ Immanuel Kant, "Si el género humano se halla en progreso constante hacia mejor" (1798).


El 28 de junio de 1995, el gobernador priísta Ruben Figueroa Alcocer planeó y ejecutó una matanza en el vado de Aguas Blancas, en la Costa Grande de Guerrero. Campesinos se manifestaban por la desaparición de uno de sus compañeros. Exigían servicios básicos y ser atendidos por el gobierno.

El estado de Guerrero sufre de un rezago social que lo hace una de las entidades más atrasadas del país en calidad de vida. Hay pobreza, marginación y falta de oportunidades. Menos de la mitad de los pobladores tienen acceso al agua potable.

El 26 de septiembre de 2014, el presidente municipal perredista Jose Luis Abarca ordenó la desaparición forzada y posiblemente también el asesinato de 43 normalistas de Ayotzinapa que se encontraban en la ciudad de Iguala, Guerrero. Los normalistas habían tomado autobuses. Recolectaban dinero para su sustento (el estipendio diario de un normalista no supera los $70 pesos), pleneaban dirigirse a la ciudad de México. Querían asistir a la marcha en conmemoración a la Masacre de Tlatelolco.

Gobiernos de "mano dura" y una pobreza tremenda que han hecho de Guerrero una fuente de resistencia organizada, uno de los centros de formación de Normales Rurales con más tradición en México se encuentra en Ayotzinapa. No es casualidad que el hostigamiento a los normalistas haya sido constante y que haya culminado en su violenta desaparición.

Los síntomas de descomposición institucional y del cinismo de las cúpulas político-partidistas se ha hecho evidente en los últimos meses: Un gobernador de larga trayectoria en el PRI que es recibido sin empacho por el PRD, con tal de conquistar una gobernatura. La Policía Federal que había anunciado los nexos de la esposa del alcalde de Iguala con el narcotráfico desde 2009. Un cártel que desde 2011 domina la vida pública de Guerrero y cuyos tentáculos se extienden hasta el Estado de México, pero del que nadie sabía porque no estaba en la agenda noticiosa.


Una renuncia tardía de un gobernador lento e ineficiente, cuyos errores son complicidades con el crimen organizado. Una conferencia de prensa conjunta entre el Presidente de la Nación y el Gobernador interino de Guerrero en donde la mitad de las palabras son elogios institucionales del uno al otro.

La imagen internacional del Momento Mexicano se rompió. Hacia afuera, se lee lo que para adentro del país ya se sabía que nunca cambió. La estrategia militarizada del combate al narco no ha cambiado. Las muertes se siguen presentando a un ritmo acelerado, aún más rápido que el sexenio anterior. Ha habido marchas multitudinarias en muchísimas ciudades de México a favor de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, demandando su presentación con vida.

En la periodización de la historia de este sexenio, estamos asistiendo en primera fila a la inauguración de una etapa que termina con el desencanto del reformismo peñista y que nos confirma nuestras sospechas: Sí, ustedes operan con el crimen. Sí, ustedes no tienen nada bajo control. Y sí, ustedes fueron quienes desaparecieron a los normalistas de Ayotzinapa. FUE EL ESTADO.

Si estamos entrando en una etapa de desapariciones forzadas, motivadas por razones políticas, ejecutadas por el gobierno en colusión con el crimen organizado, también estamos siendo testigos de la época más violenta y convulsa de la vida moderna de México. Un estado corrupto e infiltrado por el narcotráfico es indistinguible de un estado de criminales políticos. ¿Cómo distinguir entre un político que colabora con (y se sirve del) crimen organizado y un narcotraficante? No hay distinción. Ambos son criminales.

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