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Reseña: El rey viejo de Fernando Benítez

Es un azar. Los que nos eran leales nos traicionaron, los que fueron traidores pueden salvarnos. no sabemos ya nada de nada.
Extraño país el nuestro.
Es un país corrompido hasta la médula de los huesos -suspiró.
Enrique a Carranza, en medio de su huída.


El sueño y desencanto de un burócrata con aspiraciones de intelectual perfila muy bien el momento de quiebre que tal vez pasaron los secretarios de este nuevo régimen. Ellos, al igual que Enrique, el burócrata de El rey viejo, fueron violentamente atravesados por la crudeza de la política mexicana cuando creyeron que podían acceder a las glorias del gobierno y hacer historia sin penurias o dificultades.

"No hay un gran mexicano que no sea o haya sido un fugitivo".


No me simpatiza la causa legalista de Carranza pero la corta novela ayuda a forjar una extraña empatía del orden ante el caos de los mexicanos que no se cansaban de guerrear entre ellos, cambiando de bando conforme la necesidad, la codicia y el hambre se los iban dictando. La huída en tren de Carranza se produce en medio de estos bandazos y los generales-veleta que cambiaban de orientación conforme soplaba el viento.

El indígena, siempre olvidado, no reconoce al presidente, al rey viejo de barba y lentes a su paso por la Sierra. En buena medida es un desconocimiento físico pero también una humilde manera de zafarse de los conflictos que azotan a quienes buscaron, desde el nacionalismo, resolver la cuestión social de México. La mentada "debilidad institucional" que sirve siempre de pretexto y según algunos, se debe de resolver antes de comenzar a atender a los desatendidos, asoma su fea cabeza aquí.

Carranza con su tren y Juárez con su carroza. En realidad, los liberales de la reforma y lo que le siguió no hicieron grandes milagros en términos absolutos pero superaron con creces lo que su tiempo exigía de ellos. Por eso se cubrieron de gloria. La organización obrera y campesina no pudieron despegar sus pies del suelo más que para correr cuando los baleaban o para ir al encuentro de una precaria promesa de organización. Esa que nunca satisfizo la sangre utópica que hinchaba sus venas y muchas veces, sus cabezas y sus ideas.

La crónica de la incapacidad burocrática y un encendido e indignado señalamiento del México por venir justifican la lectura entera del libro. Entre estas joyas se cuentan "la estúpida observación de un ministro —¿es que nunca dejará de llover—" en medio de un aguacero y la condena de algo muy común en políticos contemporáneos para humanizarse, a saber, que el heroísmo (sic) de conocer a alguien por ser condiscípulos "desde la primaria" termina transformándose en "camaleón, en escupidera, en salamandra, en culo capaz de recibir todas las patadas".

Leyendo de figuras pírricas como Plotino Rhodakanaty, la Constitución de 1917 parece enorme y casi cumplidora de promesas. Sin duda le hemos tenido más paciencia a ésta que a la organización obrera y eso se refleja claramente en el bloque gobernante de hoy en día. Ese vacío lo llenó lo popular y las ansias de mejora, que no de organización. La desesperación que envuelve a Morena y a su militancia son parte de eso, cuando no su causa primordial. ¿Cuándo cesará esto? se preguntan todos.

Ni la trayectoria antiquísima de la izquierda mexicana nos responde esto, pero hay algo nuevo: la victoria del presidente de los pobres y los olvidados. Si eso logra levantar algo el ánimo nacional y aparte, se consigue que del hervidero ante la amenaza de quitar los pocos derechos conseguidos de último, surja una conciencia de solidaridad de clase, habremos avanzado algo.

Si no...
Tendremos otro rey viejo.

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