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Reseña: Drogas sin fronteras de Luis Astorga

Este libro es interesante porque es un recorrido muy escrupuloso de casi todos los estados del país que tienen alguna importancia histórica para el tráfico de drogas. Comienza desde Baja California pasando por Chihuahua, Sonora, Sinaloa y Tamaulipas que son vistos como estados netamente productores y por donde pasan rutas de tráfico de drogas.

En medio de muchísimos detalles y nombres propios, nos vamos adentrando en el mundo del contrabando. La contribución sínica (dícese de China) al naciente cultivo de opio marca este inicio de agricultores mexicanos buscando opciones a su pobreza en cultivos más rentables. En medio de todo esto, encontramos la anécdota de cómo Estados Unidos frustra el intento de negociación de sustituir los cultivos sinaloenses de opio por garbanzo y garantizar que su ejército los comprara en medio de la Segunda Guerra Mundial. Este fiasco nos habla de lo frágil que sería cualquier intento de México para cambiar el curso de la futura guerra contra las drogas unas décadas después de que el opio se convirtiera en el dolor de cabeza de la relación con EE.UU.

Terriblemente contemporáneo y relevante a nuestros tiempos: funcionarios mexicanos insisten a los estadounidenses que la falta de opciones de los agricultores mexicanos es el motor del contrabando y siembra. Increíblemente, sus llamados encuentran eco en algunos funcionarios antinarcóticos estadounidenses, si bien no emprenden acciones valientes para resolver el problema y sujetan sus decisiones al realpolitik como en el caso del garbanzo.

El texto contiene menciones muy específicas a Jalisco y a sus élites gobernantes: sin pudor menciona su relación con las primeras redes de distribución e incluso de producción de drogas en lugares que típicamente no son vistos como productores porque no están en el norte. Hablamos de los laboratorios en Guadalajara en la Ciudad de México. El caso del primer capo, una mujer de la ciudad de México apodada Lola la Chata merece mención aparte. Los treintas en la Ciudad de México fueron el espejo retardado de los "felices años veinte" en Europa y Estados Unidos. El opio circulaba en giros negros y casas de citas. Con operativos simbólicos, las autoridades manejaban la presión de EE.UU.

Aparte de ese mítico personaje, otro relato hace que el libro valga enteramente la pena a pesar de las dificultades de lectura que presenta. Su lectura es un poco difícil porque el material fuente que se usó para escribir (reportes gubernamentales gringos) hace que la revisión de cada estado sea en gran medida, una colección de anécdotas policiales.

Sin embargo, en la segunda y luminosa mitad emerge el Doctor Leopoldo Salazar Viniegra. Este pionero de la despenalización fue funcionario de la Secretaría de Salud mexicana que pugnaba por tratar el consumo de drogas como un problema de salud pública. Jamás tuvo la simpatía de las autoridades gringas y por la misma época, un reporte de la situación de sustancias enervantes hecho por México para la ONU incluso fue tildado de 'tendencias comunistas'.

Sin embargo, nuestro país se ha transformado. Los tiempos han cambiado en México y curiosamente, esta reseña coincide con que hace algunos días, se le hizo un homenaje al Doctor a iniciativa de la Senadora Jesusa Rodríguez. Reservaré los detalles de su curioso paso por la SSA y su eventual defenestración ante el cambio de política antinarcóticos en México para llamar a la lectura de este libro. Esa sola historia reivindica la lectura de más de 500 páginas.

Homenaje al Dr. Salazar Viniegra en el Senado de la República

Es ahí donde radica lo interesante de esta micro historia del narcotráfico visto a través de los traficantes y sus perseguidores. Hay personajes envueltos en giros históricos que se desenvuelven en medio de los cambios del poder político estadounidense y la eterna competencia entre las burocracias secretas de su aparato de inteligencia.

México en ese entonces carecía de dicha sofisticación. Lo digo porque encontramos aquí un hilo conductor que corre a través de las revisiones de cada uno de los estados: el papel de la incipiente Policía Judicial Federal y a la par, los pocos agentes (menos de 100 en todo el territorio nacional) que se encargaban de hacer cumplir las leyes en materia de salubridad que había establecido el Estado mexicano.

También se habla del Coronel Carlos Serrano, que fue el iniciador de la Dirección Federal de Seguridad. Pasando la mitad del libro, se puede ver muy claramente la relación tripartita que determina el moderno combate a las drogas en México: las agencias de antinarcóticos de Estados Unidos junto con los órganos de inteligencia mexicanos y el control político sobre la producción de las drogas. Para seguir este hilo, hay que complementar esta lectura con la del libro de Rafael Rodríguez Castañeda "El Policía" y para añadir al anecdotario cómo la DFS casi se cae de la gracia de los gringos. Los corruptos jefes de la DFS robaban autos del otro lado de la frontera y en medio de dimes y diretes, su brutal continuador Miguel Nazar Haro se ve obligado a bajarse calladamente del pedestal porque le tenía demasiado amor a un Cadillac que le confiscaron el la frontera mientras se usaba para pasar droga. Tenía tan poca vergüenza que exigió que se lo regresaran los gringos y casi causa un incidente internacional.

Nazar Haro no fue el único desvergonzado: la corrupción neoliberal se sembró por doquier en los momentos que describe este libro, corrupción que germinaría en franco durante la podredumbre del alemanismo y los dandys en el poder, primos lejanos de los golden boys peñanietistas. A ambas dinastías se les acabó la gasolina - Interjet de los Alemán Magnani está a punto de la quiebra y Emilio Lozoya está detenido, pero el país está sumido en la guerra que su corrupción posibilitó y agudizó.

Miguel Alemán, quien pregeñó a los 'cachorros de la revolución' y desató la corrupción sin limites que nos ahoga en medio de un mar de drogas

Prueba de ello es que desfilan por el libro decenas de nombres de gobernadores, presidentes municipales y generales que controlaban los plantíos en todo México entre 1930 y 1960. Les nace el amor al dinero por encima de la violencia que comenzaba a presentirse cuando tenían que joder a campesinos pobres que no les pagaban protección para complacer a los gringos, dejando a los que sí pagaron piso impunes. Aquí también se encuentra el comienzo del triste viraje de izquierda a la derecha que muy gradualmente haría que las dos derechas, la gringa y la mexicana, consintieran el combate reaganista de la prohibición. Ya ubicados en los 80's, esa guerra prohibicionista será el pretexto perfecto para la lucha anticomunista. 

En este libro también se pueden leer las aventuras de Óscar Rabasa, embajador ante la ONU que toreando los intentos de presionar a México y dañar la reputación nacional, cada vez más tiene dificultades para explicar las medidas que México tomaba para cumplir con la convención del opio y la fuerte presión que el gobierno mexicano siempre tuvo que aguantar. Al final, el carisma y las relaciones personales con funcionarios gringos a quienes embarca en un road trip por México logran que el diplomático mantenga una tersa relación binacional. Lastimosamente, el cambio de funcionarios en EE.UU. tira por la borda esa buena voluntad.

El ejemplar de "Drogas sin fronteras" circula a costo de descuento de $99 pesos

Por último, está la apasionada defensa que realizan la población, los comerciantes y el gobierno municipal de Tijuana ante las ante los embates de políticos californianos que, cada vez que encontraban que era políticamente rentable, pintaban a Tijuana como la suma de todos los males que corrompen a la juventud californiana.

Sin piedad, atacaban a México sentando las bases de la moderna leyenda negra noventera de Tijuana como ciudad de la perdición. Ya metidos en una especie de Western donde el narcotráfico, la prostitución y las drogas eran potestad exclusiva de este lado de la frontera, los gringos blancos sin pena ni gloria se dedican a atacar los giros negros frecuentados por los gringos negros, matando los dos pájaros de un tiro. Su antimexicanismo y racismo siguen vigentes a la fecha y de entre ellos destaca el de Harry J. Anslinger.

De todo esto, vale la pena recoger una frase de la campaña en defensa de Tijuana de la Cámara de Comercio que decía que "para que hubiese de este lado de la frontera traficantes y productores necesariamente debería de haber aquel del otro lado consumidores". La tensión no resuelta a lo largo de 400 páginas termina con numerosos casos de intrigas y traiciones dentro de los servicios de seguridad estadounidenses y la complicada relación que llevan con el gobierno de México, filtrando  a la prensa información para reducirle margen de maniobra al gobierno de México. Se hace patente la gran presión de los 60's en adelante para que los agentes antinarcóticos estadounidenses pudieran portar armas en México.

Este libro aporta dos cosas en mi opinión: una visión histórica que clarifica que el combate a las drogas es mucho más antiguo de lo que se piensa. En segundo lugar, se clarifica que desde el gobierno del nacionalismo revolucionario en México sí hubo varios intentos de no criminalizar y de tratar el problema de las drogas como un problema de salud pública.

Ya sabemos el final: eventualmente México acabaría cediendo a la presión estadounidense pero no como una víctima inocente, sino porque siempre encontró funcionarios dentro de aquél gobierno con quienes buscaron y encontraron alianzas temporales, para que trataran amablemente a México. Sin embargo, esos primeros mexicanos bienintencionados, tiempo después jamás tuvieron recato en castigar o endurecer las leyes que aplicaban a la población mexicana para poder cumplir con las exigencias del vecino del Norte. Al fin y al cabo, en estos tiempos en que soplan los vientos del fentanilo y como antaño, los muertos los ponemos nosotros.

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