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La discreta fobia a los pobres

Una de las películas más celebradas de Luis Buñuel, trata de un grupo de amigos quiere celebrar un gran banquete. En sus varios intentos de celebrar como dicta la costumbre de su clase social, sufren varias interrupciones y les pasan muchas cosas que impiden que tengan su banquete. Entre ellas, la intervención de un chofer que, ignorando las maneras de mesa para bebe “correctamente”, se toma una copa de licor de un solo trago, en vez de sorberla elegantemente de poco a poco. ¡Vaya falta de educación!

En una escena culminante, se abre el telón y uno de los personajes admite que “no se sabe el texto” para continuar con su elegante cena. Al verse descubiertos sus intentos artificiales de continuar con la vida como si no pasara nada, se queda sin saber qué hacer. La vida normal se interrumpe.


En resumen, la película retrata a una grupo de burgueses que están concentrados en solamente en vivir bien y de manera tranquila, intentando una y otra vez ignorar o suprimir lo que les pueda interrumpir su magnífica vida - los demás, los bárbaros de otras clases sociales y la injusticia. Esta película, titulada “El discreto encanto de la burguesía” viene a tema por las reacciones que he visto de parte de algunas personas con la crisis del COVID-19.

A pesar de la sólida respuesta científica y federal del gobierno mexicano, comunicada diario en ruedas de prensa, esta crisis de salud pública la potencial crisis económica, han despertado los más profundos miedos y preocupaciones de un sector de las clases medias y altas en México.

En uno de mis grupos de WhatsApp de vecinos en cierta colonia de Guadalajara, alguien señaló a unos albañiles por “jugar y comer a menos de medio metro de distancia entre ellos” y estar “sin cubrebocas”. Lo que más alertó a esta vecina fue que estos albañiles son “personas que compran en la farmacia, pasan por las calles y tocan cosas que probablemente nosotros tocaremos”. En fin, estos albañiles eran una “fuente de contagio”. Su respuesta fue llamar, literalmente, al 911.

Esto nos habla de lo profundo que caló el régimen neoliberal anterior en las conciencias de grandes partes de las clases medias y altas mexicanas. En primer lugar, instaló en la mente de esa gente el individualismo ante las crisis. En segundo lugar, destapó esa discreta fobia a los pobres como la fuente y representación de todas las desgracias que le pasan a México. “Si nos contagiamos, será culpa de los pobres” parecen decir.

Generalmente percibimos que los mexicanos nos ayudamos entre nosotros y hay innumerables ejemplos de la solidaridad en tiempos de crisis, como lo hecho por los habitantes de la Ciudad de México durante el 19-S en el terremoto. También hay ejemplos donde ante huracanes o inundaciones, todo México dona víveres para que una zona afectada pueda ponerse de pie rápidamente.

Sin embargo, esta crisis es de un carácter diferente - es una crisis de un virus invisible que a veces no presenta síntomas y cuando lo invisible se desvanece en el aire, saca a relucir las diferencias sociales que separan a grandes sectores de la población mexicana.


¿Por qué habríamos de tener miedo de quienes tiene que salir a ganarse el pan de cada día? Eso solo lo justifican quienes saben que hay millones de mexicanos que están debajo de ellos, trabajando día a día para ganarse el sustento. Este miedo es un reflejo de esa diferencia, ese miedo que sienten en la parada de autobús, al ver a un trabajador de la construcción sucio y vestido con sus ropas de trabajo, ese miedo de que ese albañil les robe o les haga daño.

Esta discreta fobia es la misma que corrió por WhatsApp y redes sociales cuando los trabajadores del INEGI acudieron, con las debidas precauciones, a realizar el censo. Ignorando, desde la desinformación, que ya hay maneras de censarnos solos de forma electrónica, muchos se atrincheraron en su casa e impidieron a estas personas realizar su trabajo.

Muchísimos mexicanos toman este empleo eventual, relativamente bien pagado, para poder ganar algo de dinero. ¿El mayor temor? Que fueran la fuente de contagio y que los “desgraciados” que estaban haciendo el censo fueran un peligro para México.

Dicen que las crisis sacan lo mejor y lo peor de las gente. Yo creo que simplemente, sacan a relucir cómo está construida nuestra sociedad y sus contradicciones. En México, el 80% de la gente vive al día y no puede parar de trabajar. Quienes estamos convencidos de que estas diferencias sociales deben de desaparecer, tenemos que hacer un llamado fuerte y claro: basta de reclamarle a las clases trabajadoras por tener que trabajar y a los pobres por ser pobres. 

Nuestra responsabilidad como país y sociedad, es proteger a los más vulnerables económicamente durante la crisis y evitar caer presa del pánico, dañando la economía popular de estas personas que a diario, salen a ganar el pan de cada día. Ahora, salen con miedo a enfermarse y a que esa parte de la sociedad con su discreta fobia los señale por salir a trabajar. Eso es inaceptable. La solidaridad debe de expresarse desde ahora, combatiendo esa fobia clasista y discriminatoria. El gobierno federal podrá proteger relativamente a esas personas con algunos programas sociales pero si México les da la espalda, habremos roto la promesa de un México más solidario.

Como recomendación para esas personas tan asustadas por el “contagio de los pobres”, recomiendo ver otra obra de Buñuel, “El Ángel Exterminador”. Esa obra maestra que retrata la psicosis humana producto de un largo encierro. Ojalá que todos entendamos su mensaje.

ESTA COLUMNA APARECIÓ ORIGINALMENTE EN EL SOBERANO

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