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México y el Buen Vivir

Desde hace muchos años ha persistido una gran leyenda impulsada desde medios de comunicación, columnistas, economistas y académicos. Esta leyenda se creó primordialmente desde el poder y responde a una sola línea de pensamiento. Dice más o menos así: “México necesita crecimiento económico. Nuestras tasas de crecimiento son mediocres, malas. México necesita ser más abierto al mundo, ser más competitivo.

Ubiquemos en el tiempo esta leyenda: nació y tomó fuerza entre 1980 a 2012. Miguel de la Madrid la inaugura, siendo el primero de una línea ininterrumpida de presidentes que estudiaron en universidades estadounidenses. De La Madrid estudió en Harvard, al igual que Carlos Salinas. Ernesto Zedillo, graduado en Yale, continuó por esa línea. Fox y Calderón, diplomado y maestría en Harvard. Peña Nieto, el único que no estudió en EE.UU. lo hizo en el Tecnológico de Monterrey. No se distinguió mucho de sus predecesores.

Todos estos presidentes apostaron por la apertura comercial de México como solución a los problemas nacionales. Todos ellos estudiaron en universidades que pertenecen a la misma corriente de pensamiento económico. En sus discursos que hablaban de economía, encontramos temas comunes: la necesidad de inversión extranjera para crear empleo, la eterna persecución de altas tasas de crecimiento y la “necesidad” de estar en el mundo globalizado.

Así es como podemos resumir estos últimos 40 años. Esta leyenda es casi invisible para quienes no vivieron otro tipo de discursos económicos. Para haber escuchado algo diferente, se necesita haber nacido entre 1920 y 1940. Esto nos dijeron: con inversión, habrá empleo, buenos salarios y se resolverá la vida de la gente. Casi mágico. Es una leyenda vacía, porque de su relato está ausente casi por completo la gente. Las personas solo existen en esos discursos como accesorios y herramientas del crecimiento. Crecer económicamente suena fantástico pero no responde a una pregunta importantísima. ¿Para qué?

Esta leyenda instaló una confusión muy profunda que hay que sacudirse de encima: el error de creer que el crecimiento y el desarrollo son sinónimos. Nada más falso. Los datos nos hablan de esta contradicción. A pesar de que en el período de 1980 al día de hoy hubo crecimiento, en términos prácticos y con variaciones ligeras, la pobreza en México se ha estancado, las carencias han crecido y cuando se ha reducido la pobreza, ha aumentado el número de pobres. Crecimiento significa que de algún modo, lo que produce la economía de México crece en valor. Desarrollo significa que la calidad de vida de los habitantes aumenta. Tremenda diferencia.

Esta leyenda tiene otro doble poder, aparte de retorcer los significados. Voltea de cabeza el orden democrático establecido con esfuerzo y sangre a través de la Independencia y Revolución mexicanas. Ese orden parte del mandato del pueblo donde es el poder popular, democráticamente electo, quien decide las metas, orientación y límites del poder económico. Aceptar lo contrario significa que quienes invierten en México van a decidir primordialmente qué sectores de la economía desarrollar y cómo. Significa que deciden otros, en vez de nosotros, los mexicanos.

Existe otro modelo, una alternativa a esa leyenda. Del año 2000 hasta hace muy poco, se buscó recuperar el orden democrático en su acomodo original: el que dicta que los pueblos determinan, de manera democrática y popular, cómo es que quieren vivir. De ese entendimiento, metas y valores culturales, es que nacen las estrategias, objetivos y metas a perseguir económicamente. Se le llamó el “Buen Vivir”.

Elementos del buen vivir. Fuente: Comunicar Igualdad A.C.
Esta alternativa significa que primero hay que condensar y entender cómo se vive en comunidad, cómo relacionarse y entender que la solidaridad debe de ser un valor muy importante. También, desprecia acumular valor económico sin objetivos claros o con objetivos simplemente hedonistas: el bienestar debe de servir para tener tiempo libre, al tiempo que se tienen las necesidades básicas satisfechas y así, poder crecer junto con los demás.

Darse cuenta de esta leyenda y de su alternativa significa poder cuestionar las razones detrás de los constantes llamados a la eficiencia, la inversión extranjera y la estabilidad económica. El Buen Vivir es distinto y nos ayuda a clarificar para qué vivimos porque nos dice de manera clara: la economía es para servir a las personas, nunca al revés. Aparte, las personas tienen que relacionarse de manera virtuosa y pacífica entre sí para que puedan impulsar, juntos, objetivos comunes y cuidar de los demás. 

Como filosofía de vida, el Buen Vivir es muy potente. Como motor de las metas y utopías de los pueblos es aún más potente. Está claro: con la gente todo, sin la gente nada. Las prioridades de la mayoría de la gente son el motor de la política y esta, a su vez, debe de impulsar que se cumplan mediante la economía y otros medios. Quien lo entienda distinto quizás ama más al dinero y a las teorías económicas que a la gente misma, y eso dice mucho de ellos.

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