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Crítica de la economía política del narcotráfico

Está de moda hoy en día usar la palabra “narrativa” en vez de la palabra “discurso”. Esta confusión inicial existe por varias razones. La primera, es que fácil ser víctimas de un ‘falso amigo’. Esto sucede cuando una palabra de otro idioma se parece (en la escritura o en la pronunciación) a una palabra de la lengua materna, pero tiene un significado diferente. La segunda, es que quienes cometen este pecado lingüístico lo hacen porque sus referencias culturales de este fenómeno vienen del mundo anglosajón.

Quienes están presos de ese extranjerismo merecen saber que, lejos de las teorías anglosajonas, existe una palabra perfectamente bien definida para nombrar lo que se busca. En una obra breve (tiene apenas 88 páginas) se define ampliamente qué es el “discurso”. Es un mecanismo legitimador del poder, el discurso es la estructura invisible que corre por debajo de las acciones, palabras y pensamientos de una sociedad y que condiciona lo que se distingue como verdadero y falso.

Después de este brevísimo prólogo, vamos a contar la historia de una confusión inducida, estructurada desde el discurso oficial que justo el año pasado acaba de perder su legitimidad. Esta confusión que impide ver la realidad de la crisis de seguridad de México y oscurece su génesis, sus razones y verdaderos impactos, está falleciendo poco a poco, no sin dolor y sin abrir la puerta a un mundo extraño y oscuro, pero que ya conocíamos.

La “Guerra contra las Drogas” es algo reciente. Nacida en la administración de Ronald Reagan (quien irónicamente utilizó dinero del contrabando de drogas para reprimir la revolución en Nicaragua), rápidamente se extendió a México. El gobierno de nuestro país, el paso natural de drogas a EE.UU., admitió sin mayores problemas el discurso apocalíptico del combate prohibicionista. Con ello, llegó el primer gran mito de esta época: los Estados-nación enfrentan un enemigo amorfo, flexible y con un suministro inagotable de seres humanos, en donde la derrota siempre es inminente y la victoria se aleja con cada paso que se da para ‘resolver el problema’. Cualquier similitud con el discurso de la guerra contra el terrorismo es completamente intencional.

Imágen cortesía de www.re-vuelta.cl/
Esta supuesta debilidad de los gobiernos nacionales también sirvió para que proliferaran consultores, analistas, recetas y empresas de seguridad privada de todos sabores y colores, todos ellos ofreciendo mercantilizar la “paz social”. Es la lógica del Estado mínimo e incompetente. Es una trampa, porque solamente distrae la atención para enfocar los recursos son donde verdaderamente se les quiere enfocar. La protección de las instalaciones estratégicas de la gendarmería de Peña Nieto desnuda ese interés de manera clara y contundente. Es el secuestro de las fuerzas del orden para la protección de intereses económicos y particulares.

Siguen las paradojas: los mismos traficantes mexicanos han dicho, en un vuelco donde la ficción dicta la realidad, que les gustaría ser tan poderosos e influyentes como reza el discurso oficial que los tiene por todopoderosos multimillonarios corruptores y omnipresentes, expresando sus ansias de ello en su deseo de hacer una película (!). La reciente entrevista a Caro Quintero muestra claramente la distancia que separa la figura mítica construida por las agencias de seguridad estadounidenses y el gobierno mexicano y el personaje real, existente.

Las condiciones de explotación y dominación a quienes menos protecciones sociales tienen para amortiguar un golpe, sea de desaparición forzada, sea de un crimen, son la causa y razón material para que sea tan atractivo para el poder político aliarse con el económico y el criminal, para lavar dinero, corromper el propósito de las instituciones y hacer que sirvan a intereses particulares y ajenos a México. Es eso lo que se debe de combatir. 

El cambio de la crisis que vivimos no implica solamente el retiro del ejército de las calles, como han repetido muchas voces desde la izquierda y la derecha política. El cambio implica la repolitización de la economía política, una reafirmación de la seguridad nacional como potestad exclusiva del Estado mexicano y una reconfiguración para que las instituciones de Estado sirvan primordialmente a los más pobres.

Cambiar el discurso no cambia la realidad. Lo que sí logra es abrir las puertas para posibilitar una nueva voluntad de verdad, que refresque nuestra memoria de que hubo en México una época de paz, pero que es insostenible mantener esa paz mediante el control político sobre el crimen organizado como en los tiempos pasados. Este vacío creado por la caída de este régimen y la llegada de 18 años de gobiernos conservadores fue llenado por toda clase de fuerzas sociopolíticas con intenciones de dominio, explotación y exterminio de movimientos sociales. Es hora de transformar esas condiciones para que quienes han padecido esta avalancha de violencia (los pobres, primordialmente) vean materializada su pretensión de justicia y dignidad.

Crear las nuevas coordenadas sociales va a requerir una gran creatividad política. Ya se propuso que el gobierno mexicano sea el productor y distribuidor mayoritario de marihuana, mediante una empresa estatal. Es un paso en la dirección correcta. El discurso securitario anglosajón, que durante décadas ha costado vidas e interferencia extranjera en los asuntos que solo competen al pueblo mexicano, debe de extinguirse para siempre.

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