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Columna: El obrero y el BMW

En días pasados emergió un símbolo de la transformación de México: un obrero que confrontó verbalmente a los manifestantes de #FRENAA, la plataforma de la oposición que aglutina a algunos sectores de las clases medias, a conservadores y algunos remanentes del Congreso Nacional Ciudadano junto con los “Chalecos Amarillos”. En un corto vídeo, el obrero, orgulloso de su trabajo, les hace ver a los manifestantes que es la clase obrera la que mueve a México. Una protesta sobre ruedas como la convocada le parece a este esforzado trabajador algo ridículo, sin sentido.

Una estampa que la da aún más fuerza a dicho símbolo es el de dos limpiaparabrisas que le daban una lavadita rápida a una camioneta de modelo reciente en un semáforo. La camioneta portaba un letrero con consignas en contra del presidente Andrés Manuel López Obrador. Ahí se expresa la contradicción social más importante del México moderno: la base de la pirámide social se encarga de que todo funcione bien para quienes tienen bienestar económico y éstos, como parte de la élite, resisten ferozmente cualquier esfuerzo por igualar el tablero. Por si no fuera poco también vimos a un comunicador público que buscaba proteger a los conductores de esas camionetas de lujo de las críticas. “Los critican porque en el fondo, quieren tener una [una camioneta de lujo]” sentenció.



Ya se ha dicho antes en muchos espacios que México vive una etapa de libertades en donde no se reprimirá por ningún motivo la protesta. El beneficio de esto, aparte de mostrar el talante democrático de la Cuarta Transformación, es que se expresan ideas contrarias y podemos sin simulación apreciar claramente las contradicciones que aún persisten en nuestro país. ¿En serio cree la oposición que lo que mueve a millones de mexicanos a salir a trabajar cada día es solamente las ganas de comprarse una camioneta de lujo? ¿De eso creen que se trata la transformación de México?

Desde una postura completamente metálica, tiene sentido. Las capas más altas de la sociedad mexicana se han dedicado a consumir mercancías y productos culturales del mundo desarrollado para mostrar su estatus y alcurnia. Han tomado prestados conceptos de políticas públicas, de seguridad pública y de democracia de todos los países posibles, excepto de América Latina, África o Asia. La solución siempre ha estado en mirar al norte y suspirar.

Ese obrero anónimo confronta esa aspiración y esa melancolía de la blanquitud en varios aspectos. En primer lugar, porque ese obrero viaja en un autobús. Seguramente regresaba de su trabajo. Muchos mexicanos de clase media o alta tienen años sin haber usado el transporte público. Eso los hace vivir fundamentalmente separados de la realidad de la mayoría del país. En segundo lugar, ese obrero seguramente ha visto mil rostros de la vida diaria que esos manifestantes no perciben. El cansancio por el trabajo físico, la pequeña complicidad que se crea con los otros pasajeros al destapar una cerveza a bordo de un autobús al final de un largo día de trabajo, el centavear para comprar la despensa y estar orgulloso de tener un trabajo digno y decente, aunque no pague bien.

Ese obrero seguramente no aspira a tener una camioneta de lujo como su objetivo primordial. Seguramente, tiene otros objetivos. Cuidar a su familia, mandar a sus hijos a la escuela o comprar un pequeño terreno para él mismo, fincar su casa e irla construyendo poco a poco, según permitan los ahorros. Ese obrero muy probablemente no quiere ejercer su derecho a poseer un BMW. Solo quiere vivir una vida digna.

Aprender del orgullo de la dignidad que causa tener un trabajo honesto y esforzado es la verdadera “cultura del esfuerzo” que debemos de sacar a flote en este país. Las aspiraciones de mimetizar a México con una idea nebulosa y extranjera del lujo y la ostentación nos llevaron durante décadas a una feroz competencia destructiva entre las clases medias y a una salvaje opresión de las clases bajas. 

Este aprendizaje tardará en colarse a través de las ventanas y los aires acondicionados de los autos que salieron a manifestarse a las calles de algunas ciudades de México en días pasados. Sin embargo, celebro este roce de esos manifestantes con la realidad. Tal vez, poco a poco bajen de su automóvil, se quiten un poco los lentes de sol y volteen directamente a ver al pueblo del sol. Mucho podrán aprender de ello y de la vida que todos los días transcurren en esas paradas de autobús que muchas veces, convocan miradas de desdén desde el olimpo de una camioneta último modelo.

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